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Santa Felicia de Labiano y San Guillermo de Arnotegui

El inicio de una Historia vinculada al
Camino de Santiago

Existe en Labiano (Navarra) una ermita dedicada a la conversión de San Pablo. La ermita se remota a la Edad Media, ya que era de estilo románico. Destruida por un incendio, fue reconstruida en estilo barroco e inaugurada en 1753, según consta en el archivo parroquial de Labiano.

El nuevo edificio conserva restos del antiguo.

A esta ermita advino el ataúd conteniendo los restos mortales de una joven, matada por su hermano. El documento escrito, y a la vez gráfico que describe pormenorizado el martirio de Felicia, el traslado de sus restos a Labiano y su veneración en la ermita preexistente de S. Pablo, es un cuadro que se halla colgado en el muro norte, enfrente de la puerta de entrada. Dice así:

"En este Reino de Navarra se conserva por tradición la historia de la vida y muerte de los santos hermanos Felicia y Guillermo, y dicen haber sido hijos de los Reyes de Francia, que, según el cómputo del tiempo, eran, cristianos y cuidadores de la educación de sus hijos, a quienes inspiraron tanta devoción y reverencia de Dios y de los Santos que, después de pedir y obtener, por un impulso superior, la licencia y bendición de sus padres, partieron los dos hermanos en romería a Santiago de Galicia, empleando su juventud en pasos tan loables. Aquí hay tres cosas que admirar: la primera, que hubiesen cambiado los regalos y delicias de la Corte por las incomodidades insuperables de una larga peregrinación; la segunda, que emprendiesen la marcha con tanta pobreza que ni siquiera llevaron un sirviente, y la tercera, que unos padres de tal jerarquía hubieran consentido en que partiesen solos en edad tan peligrosa. Así lo dispuso Dios por responder a los vivos deseos de su sierva Felicia, que eran de abandonar y hollar al mundo y entregarse totalmente a quien para gloria suya la había dotado de extraordinarios dones.

Leyenda de San Guillermo y Santa Felicia

Habiendo cumplido Felicia y Guillermo sus votos y devociones, caminando para Francia, no sin lágrimas de Felicia, que se había propuesto huir de la babilonia de la Corte y del estado conyugal destinándola a éste únicamente el grande amor de sus padres, a fin de lograrse una buena suerte por tantas y tan relevantes prendas del mundo como la adornaban; pero deseando ella guardar sumamente su pureza virginal, consagrada al Esposo celestial, resolvió decir a su hermano que fuese solo a Francia y que ella, por servir a Dios, quedaba donde desembarazada pudiera atender a dicho servicio solamente. Caso durísimo éste para Guillermo; pero fueron tales y tan eficaces las súplicas y lágrimas de Felicia, que la dejó, y, sólo, partió para Francia. Libre ella de un testigo de tanto embarazo para sus santos fines, buscó dónde servir de criada, procurando con un destino tan humilde y repugnante a su elevado rango mortificar varonilmente su amor propio y ejercitar todas las virtudes, a cuya perfección anhelaba con toda ansia.

En particular Felicia se esmeró en la abstinencia y en la caridad del prójimo, dando su comida a los pobres. Supo el amo las limosnas que hacía, y juzgando que le hurtaba de su casa, acechñandole sobre este cuidado, vio que metía pan en la vasija del agua. Quiso convencerla del hurto y le salió al encuentro cuando iba a por agua; preguntóle qué llevaba en la vasija, y ella contestó que una piedras, y mostróselas, y así lo eran a los ojos del amo, aunque pan en las manos de los pobres a quienes distribuyó luego que el amo se había alejado. Admiradísimo éste, y tanto más cuanto con mayor cuidado observaba las virtudes de que estaba poseída su criada Felicia, la veneraba ya más que la amaba, con toda su familia; pero ella, olvidada siempre de quién era, solamente ansiaba agradar más a Dios, despreciando los bienes temporales y las grandezas del mundo, obedeciendo y humillándose en las fatigas de su servicio.

San Guillermo

Llegado Guillermo a la Corte de Francia, recibieron gran pena sus padres de no ver a la hija en su compañía, y enterados de cuanto con referencia a ella ocurría, en medio de su dolor lo mandaron por una prenda tan amada. Volvió a España, y supo que su hermana estaba sirviendo en el Señorío de Amocaín, del valle de Egües, partido judicial de Aoiz, provincia de Navarra. Buscóla, y quiso persuadirle con amorosas palabras de su vuelta a Francia, mas no se dejó convencer la santa doncella, antes le dijo que primero la llevaría muerta que viva, y colérico el hermano le quitó la vida, y no contento con esto, quiso en venganza de su honor, llevar alguna señal, luego que la vio difunta. Pero entonces, con una maravilla que Dios obró sobre Felicia su sierva, conoció Guillermo su pecado, y para satisfacción de la pena, escogió como morada una ermita, donde hizo vida tan penitente que con razón es tenido por Santo, obrando Dios muchos milagros por su intersección.

Los señores de Amocaín, solícitos y angustiados por la falta de su amada Felicia, la buscaron, y encontraron muerta; quienes, penetrados de un vivo dolor y pena por este caso funesto, tanto como extrañados de que hubiese habido alguno que ofendiese vida tan inocente, la enterraron en la iglesia del mismo lugar. Allí sucedió que, en ocasión de que la Señora de Amocaín fue a cumplir sus devociones, vio que de la sepultura de su criada salía un hermoso clavel. Avisó al marido, y absortos ambos de tal maravilla, que crecía y era tan orodífero, hicieron abrir la sepultura y descubrieron con gozo que el clavel nacía de la misma herida de que había muerto su amada Felicia. Con milagro tan patente conocieron ser Santa, y para mayor decencia, ayudados del Cura, la colocaron en un arca que al efecto mandaron construir. EL Supremo Dios y los corazones fieles son en todo tiempo pregoneros inocentes de los beneficios recibidos por sus merecimientos de tan santa vida y excelsas virtudes, siendo así que las ocupaciones y ejercicios humildes, que el mundo ignorante y orgulloso desdeña por viles, elevaron a Felicia a un alto grado de gloria y a un valimiento poderoso en favor de los que le incovan en este valle de lágrimas.

Señorío de Amocaín

Mas no quiso Dios que un tesoro tan precioso estuviese oculto en la oscuridad de aquellos montes, y, por medio de otros ruidosos prodigios, dio una gran celebridad a la santidad de su sierva y un impulso muy valiente a la devoción de los fieles, para que se aprovecharan de su mediación. Al imperio secreto de su voz omnipotente, el arca donde se custodiaba el santo cuerpo salió de la Iglesia, y sin verla nadie, y, cuando el Señor de Amocaín la echó de menos, buscándola en compañía de sus criados, con ansiosa solicitud la hallaron en el campo, no pensaron lo ordenaba Dios, y quisieron volverla a la misma Iglesia; mas, ¡oh maravilla!, se hizo tan pesada que no pudieron hacerle perder tierra. Dieron cuenta al Cura del prodigio, y éste al Prelado, el que respondió que hiciesen lo que más convenía, y el Cura, inspirado por Dios, dispuso que el arca se pusiera sobre una mula, dejándola a rienda suelta que la guiase la Providencia. ¡Que expectación!

Colocada el arca sobre la mula, para lo que se hizo muy ligera, principió a andar por sí misma, con asombro de innumerables personas de aquellas montañas que habían sido atraídas por el ruido de las repetidas maravilals, y la seguían apesadumbradas de que se les alejaba una prenda tan estimada que ocupaba sus corazones. Caminaba la mula, y en su tirado arreglado y sosegado curso demostraba claramente por quien iba dirigida. Voló la fama, y cada pueblo adonde se acercaba salía procesionalmente, tocando a la vez las campanas con universal gozo y ansia de venerar y recibir una dádiva del Cielo, si acaso en sus altos designios estaba destiando a ser su depositario y custodio. Por fin, llegando la mula cerca del lugar de Labiano, cayó y quedó inmovil junto a la antigua basílica dedicada a la Conversión de San Pablo. Estando ya declarada la voluntad de Dios, que se venerara en ella el cuerpo de Felicia, lo levantaron con facilidad y lo colocaron en el mismo sitio donde se halla hoy, mirándose todos los fieles concurrentes, absortos y enajenados de veneración y confianza por habérseles expuesto por medios tan portentosos un presente tan singular de la misma dignación divina, que los estimulaba irresistiblemente, asegurándoles el hábito de sus peticiones; dando, agradecidos, infinitas gracias y alabanzas al Todopoderoso, por constituirles en custodios dle cuerpo de Felicia. El Señor de Amocaín, no pudiendo desprenderse del objeto de sus fervorosos cultos ni sufrir la distancia que le separaba de su mansión, despidiéndose de su poderosa casa vino con su mujer a la de Dios, a servir reverentes y postrados a quie con amor y humildad les había servido. Ambos murieron en ella santamente como habían vivido.

Ermita de San Pablo y Santa Felicia en Labiano

Es de creer que en la prodigiosa traslación de Santa Felicia, en que Dios hizo tan magnífica ostentación de su poder, para manifestar al mundo lso méritos de su fiel sierva, se hibiesen obrado muchos milagros, para consuelo de profundos suspiros y lastimosas lágrimas que habría hecho verter ante la clemencia divina, tan señaladamente propicia en los infortunios, desastres, achaques, enfermedades y trabajos de toda especia, acompañados de fervorosa devoción de tantos fieles como concurrieron en tan memorable día. No se tiene noticia de ellos, por la penuria de historiadores de los tiempos antiguos. Falta también mucha parte de la historia y de otros acontecimientos grandes de Navarra y de toda España; aunque es cierto que atestiguan y responden victoriosamente de la verdad de los milagros antiguos los inapelables que se han experimentado sin interrupción en tiempos posteriores, por cuyo medio la bondad infinita de Dios ha querido, para gloria suya, aumentar y extender la piedad y confianza de los fieles devotos en la intercesión de la Virgen Santa Felicia, siendo innumerables los que de todas partes se presentan a cumplir sus votos y propósitos por haberse visto libres de sus angustias y penalidades. Sea Dios alabado por todo, Amén". (Hasta aquí la transcripción literal del texto).

No aparece fecha de talaes hechos. Sin embargo, el carácter postgótico de las letras, los trazos de los gráficos y las características del marco podrían situarlo en los siglos XVI-XVII, aunque el texto hubiese sido retocado con posterioridad. Se trataría, pues, de un documento posterior que ha recogido una tradición oral anterior.

Arqueta

El P. Pérez Goyena niega la antigüedad al cuadro mencionado. "Adviértase -dice- que el texto del documento, por su redacción y por su ortografía, se echa de ver que data de no ha muchos lustros". Hay que distinguir antigüedad del cuadro reseñado y antigüedad de los hechos fundados de esta historia de santidad... Los documentos se remontan a principios del siglo XVI (tal vez, finales del XV) y los hechos, al siglo XIV. En efecto, hay documentos sólidos desde principios del siglo XVI.

En 1510 aparece la primera edición del libro: "Tratado sobre supersticiones ..." publicado por Martín de Arlas y San Juan, llamdo popularmente Martín de Andosilla. Este, que a la sazón era canónigo de Pamplona y arcediano del la Val de Aibar, compuso la citada obra teológica para discernir determinadas prácticas, que tenían aspecto de supersticiosas.

Pues bien, Martín de Andosilla hace una referencia explícita a Labiano; no es una referencia muy grata por el contenido, pero sí de gran valor histórico. Despuñes de referirse a una práctica de Lumbier que, en caso de grave sequía, marchan procesionalmente a la ermita de San Pedro de Usun para impetrar lluvia por su mediación y que amenazan con sumergir al santo en el río si no la consigue: práctica que juzga supersticiosa sacrílega y provocativa, concluye: "Los vecinos de Labiano, que obran de manera semejante y porque llevan procesionalmente el cuerpo de Santa Felicia y lo sumergen en tiempo de sequía, teniendo la misma credulidad que los de Lumbier, son de la misma manera supersticiosos y vanos, porque tal acto no se ajusta ni al procedimiento natural ni al sobrenatural, y se ofende a Dios".

El autor conocía, sin duda, esta práctica, ya que era también Abad de la Iglesia de San Pedro de Unciti. La cercanía le habría permitido visitar el santuario y observar in situ las costumbres locales. A principios, pues, del siglo XVI aparece consolidad la devoción a Santa Felicia. Si como sugiere J. Goñi Gaztambide, los manuscritos de la obre citada pueden ser fechados en 1480, no sería aventurado concluir que las gestas de Santa Felicia y San Guillermo tienen lugar en el siglo XIV.

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